miércoles, 5 de noviembre de 2014

Matemática de la carne

Juro que hoy algo se me ha reconfigurado por dentro, dejándome la extraña sensación de haberme transformado, aunque no sé muy bien en qué. Y me asusta que haya perdido toda mi toxicidad de golpe, porque aunque así sea más fácil enfrentarme a la gente, quizá ya no sepa enfrentarme a la vida. Y más me asusta mi persistente precisión a la hora de no expresar absolutamente nada, cuando es absolutamente todo lo que tengo que expresar. 
Así que voy a comenzar poniendo un poco de orden, a ver si estas crueles ironías se reflejan en otra parte.

Hoy he perdido la oportunidad de cambiar el calor de un cuerpo desnudo bajo mis sábanas, por el de un verdadero “te quiero” al oído. Y no la he perdido entre relojes demasiado veloces, ni entre los kilómetros que nos separan; ni siquiera en el “no eres tú, soy yo” y todas esas cosas que cantan las melodías más tristes...
Desapareció en el preciso momento en el que eché a correr, pretendiendo llegar a un lugar más fácil, donde su boca todavía no hubiese escupido esas dos malditas palabras. Sí, digo malditas, porque entre el conjunto de letras que componen la frase más maravillosa del mundo para el resto, existe un agujero negro en el que caben todas mis dudas.

Y juro que ahora mismo seguiría corriendo hasta llegar a ÉL, para borrarle las lágrimas a besos, y hacerle el amor cada uno de los segundos que quedaran hasta volver a irme. 
¿Pero qué es el calor de un cuerpo desnudo bajo las sábanas, para quien ya conoce el amor? 
Y mira que moriría por curarle el corazón, si no fuera porque en la plena consciencia que traen los primeros rayos de sol, la soledad romperá el sueño del posible "nosotros", una vez más, tras el portazo que anuncia mi marcha.


Si el poder me hubiera sido otorgado, no os absolvería del terrible error de acusar de inmaduro al que derrama lágrimas por lo que ha perdido. Y si pudiera elegir, derramaría todos tus recuerdos a través de tus ojos para que un día, secos de sentimientos, podamos reencontrarnos y querernos de algún otro modo, aunque no de esta manera.