Juro que hoy algo se me ha reconfigurado por dentro,
dejándome la extraña sensación de haberme transformado, aunque no sé muy bien
en qué. Y me asusta que haya perdido toda mi toxicidad de golpe, porque aunque así
sea más fácil enfrentarme a la gente, quizá ya no sepa enfrentarme a la vida. Y
más me asusta mi persistente precisión a la hora de no expresar absolutamente
nada, cuando es absolutamente todo lo que tengo que expresar.
Así que voy a
comenzar poniendo un poco de orden, a ver si estas crueles ironías se reflejan
en otra parte.
Hoy he perdido la oportunidad de cambiar el calor de un
cuerpo desnudo bajo mis sábanas, por el de un verdadero “te quiero” al oído. Y
no la he perdido entre relojes demasiado veloces, ni entre los
kilómetros que nos separan; ni siquiera en el “no eres tú, soy yo” y todas esas
cosas que cantan las melodías más tristes...
Desapareció en el preciso momento en el que eché a correr,
pretendiendo llegar a un lugar más fácil, donde su boca todavía no hubiese
escupido esas dos malditas palabras. Sí, digo malditas, porque entre el
conjunto de letras que componen la frase más maravillosa del mundo para el
resto, existe un agujero negro en el que caben todas mis dudas.
Y juro que ahora mismo seguiría corriendo hasta llegar a ÉL,
para borrarle las lágrimas a besos, y hacerle el amor cada uno de los segundos
que quedaran hasta volver a irme.
¿Pero qué es el calor de un cuerpo desnudo bajo las sábanas, para quien ya conoce el amor?
Si el poder me hubiera sido otorgado, no os absolvería del
terrible error de acusar de inmaduro al que derrama lágrimas por lo que ha
perdido. Y si pudiera elegir, derramaría todos tus recuerdos a través de tus
ojos para que un día, secos de sentimientos, podamos reencontrarnos y querernos
de algún otro modo, aunque no de esta manera.





