Noche de un jueves universitario cualquiera, y todo el colegio mayor sale a comerse Madrid. Todos en fila, con nuestras botellas y cara de felicidad nos dirigimos hacia el parque de siempre, como niños cuando los sacan de excursión. Bebida de dioses, eso parece un simple cubata de ron Almirante después de una dura época de exámenes. El charco que forman los hielos derritiéndose conforme pasan las horas allí, cada vez es mayor. Se oye un murmullo general, vasos cayendo, risas exageradas, tacones creando una melodía constante...
Alba ha contado dos chistes creando una estrepitosa carcajada entre nosotras y ahora se ha crecido, no se da cuenta de que se deben más al alcohol ingerido que a otra cosa. El ron corre por mi sangre, y se me pone el alma pirata. Me muevo de grupo en grupo, hablo sin parar de cosas sin sentido, me subo al banco, creyéndome la reina del mundo. No me doy cuenta de que la caída ahora sería mucho mas dolorosa de lo normal, añadiendo a mi pequeña estatura unos 13 cm más de mis increíbles tacones. Ahora ya nada tiene sentido, absolutamente nadie está en sus cabales.
Definitivamente esa noche todo me daba igual. Hoy Luis, por tercera vez en un mes, había decidido diplomaticamente pasar de mi culo y salir de fiesta con los otros locos que lo siguen. Noche de chicos, sí, como si no me conociera yo eso. Por esa razón, mi lado más responsable se había quedado hoy en la cama, y mi yo pasional se había escabullido en el vestido más ajustado que tenía, y se había bebido casi de trago media botella de alcohol.
Llega la hora de los taxis, esa hora en la que conducir esos pequeños cochecitos me parece el peor trabajo del mundo. ¿Que peor que aguantar jóvenes con la mayoría de edad recién cumplida, que aguantarlos cuando van borrachos?. Nos repartimos como podemos y por fin, llegamos a la discoteca. Es entonces cuando la noche da un giro inesperado. Y es que, como bien dice Quique Gonzalez, a veces la vida te lleva por caminos raros, por la esquina más perdida de los mapas. Ahí estaba él, pegado a la barra, al lado de la rubia despampanante del vestido azul. Mi vida se declara oficialmente un bucle, un camino en espiral; cuando parece que ya todo ha pasado, ahí estabas de nuevo tú.
No pienso, ojalá lo hubiese hecho pero no lo hago, y comienzo a acercarme hacia él; y aunque tengo la sensación de estar haciendo lo incorrecto, no dejo de hacerlo.
Sigo avanzando entre la multitud de jóvenes, y cuando estoy apenas a tres metros de ti, me detengo en seco. Me miras, mi corazón se detiene. El sentido me viene de nuevo ¡pero seré idiota!. Me sale esa cara de susto de acabar de ver la película Rec, y me alejo espantada.
Salgo fuera de la discoteca, ni diez minutos dentro, un nuevo record. Me siento en el suelo, alejada de la música, ya casi ni se oye... Me enciendo un piti, la gente me mira. Sí, debo de parecer una vagabunda. Oigo pasos, se acerca.
- Yo tampoco te dije nunca nada, pero tú me seguías el juego
- No se a que te refieres, solo he venido a divertirme, igual que tu. Voy demasiado ciega, ese el problema, me he mareado.
- ¿Eso es todo? ¿Sebes aquello de que el verdadero perdedor es aquel que tiene tanto miedo a no ganar que nisiquiera lo intenta?
- Me voy ya, es bastante por hoy
- Sólo son las tres de la mañana
- Una pena que ahora sí, porque tu reloj jamás está en hora a la hora de la verdad