Después de miles quebraderos de cabeza, cientos de lágrimas
derramadas y varias absurdas recaídas, hoy puedo decir orgullosa, que hace dos
años empecé a vivir. A vivir de verdad, sin darle importancia a los malditos
prejuicios que mi mente había creado, ni a las miradas de las marionetas que
se hacen llamar personas, obsesionadas con las imposiciones de una miserable
marca de ropa. A admirar la imagen que refleja mi cuerpo en cualquier portal
cuando paseo por la calle, o el espejo que antes estaba tan escondido en mi
cuarto. A cuidar más mi corazón, que mi apariencia.
Quién me habría dicho entonces que podría llegar a aceptar
la verdadera esencia de la belleza, y que cuando me cruzase con un chico, en apenas
esos instantes, el podría ver esa belleza en mi.
La opinión pública está completamente sobre valorada.
Luchamos día a día por aparentar ser quienes no somos, para sentirnos
integrados en el rol que algún idiota ha puesto de moda. Sin embargo, es el propio hecho de aparentar
normalidad lo que demuestra que en el fondo, todos estamos locos. Ninguno de
vosotros podrá negar que cambiamos cuando no hay nadie alrededor que pueda
juzgarnos, cuando sólo puedes hablar contigo mismo, con tus instintos más profundos.
Es entonces cuando en la soledad de tu habitación sale a la luz el trastorno
obsesivo-compulsivo de analizar a las 254 amigas que tiene en facebook el chico
que te roba el sueño, o tu bipolaridad al estallar tras estar sonriendole durante
horas a una persona que en realidad odias. Y es que si algo que no pasa nunca
de moda son las máscaras, esas que crean una barrera contra las acusaciones del
mundo, esa sonrisa que esconde una lágrima, o el cansancio después de días sin
comer.
Pero ningún muro es indestructible. Y aunque la ciudad
siempre siga igual, juzgando en cada rincón, los que siempre te han querido por
lo que hay debajo de tu maquillaje, y de tu piel, no dejaran engañarse con
trucos sucios.
Estar esclavizada a esa imagen irreal de mi misma me hizo
separarme vertiginosamente de las personas por las que recibiría mil disparos.
Cegada por la oscuridad del hoyo que yo misma había cavado, no podía ver que
por cada lágrima que derramaba, o por cada gramo que perdía, el dolor de padres
y amigos se elevaba al exponente.
Pese a todo, he de reconocer que el ser humano es
extraordinario, y no hay problema que no tenga solución, si realmente queremos
que la tenga. Como es extraordinario el poder quererse a sí mismo, y que aún te
quede corazón para esas personas que te alegran el día a día. Y aunque en esta
vida nada es regalado, nos debemos a nosotros mismos luchar por nuestros sueños
y levantarnos cuando nos caigamos. Y aprender que los errores pueden ser buenos,
cuando el rectificarlos, nos hace ir por caminos mejores.
Comer es vivir. Adiós Ana.