lunes, 3 de marzo de 2014

Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo.

Solía pensar que el tiempo era un gigante invencible, un muro que no podía destruirse, un factor que podía curar el corazón o romperte los huesos. Nada podía cambiarlo, pese a todo el seguiría ahí, cauteloso, vigía, monótono... Pero aquella noche descubrí que hay algo mucho mas poderoso, mas fuerte, mucho mas mágico. Esa noche en aquel frío portal descubrí que todas las horas pueden tornarse minutos si los malgastas con la persona correcta y, a su vez, que unos pocos minutos pueden dar lugar a charlas de horas con el mundo, sobre la forma en la que tu corazón se aceleraba. 

Esa noche también descubrí que unos segundos pueden tornarse infinitos si el momento que estamos viviendo merece que el divino tiempo se pare. Pero no era suficiente. Estar juntos para siempre era la peor de las ilusiones.

Era duro aceptar que "si encontrásemos la manera podríamos vivir mil veces mas de lo que estamos haciendo por culpa de los relojes". Y aunque no se que nos deparará el futuro, quizá lo mejor sea no preguntar, porque a veces las preguntas nos alejan vertiginosamente de las respuestas y, al fin y al cabo, se puede dormir sin pensar.



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